• Antonio Ocaranza Fernández

Embajadores políticos y Consuelo Velázquez

Aunque el presidente López Obrador insiste en que su gobierno no es igual a los anteriores, en el caso del servicio exterior, no ha sido muy distinto.

 

El servicio Exterior mexicano en medio de la polémica por las recientes designaciones. (Foto: Secretaría de Relaciones Exteriores)

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La discusión sobre las recientes designaciones de embajadores y el reciente fallecimiento del ex Primer Ministro de Japón, Toshiki Kaifu, el 9 de enero pasado, invitan a reflexionar sobre la participación de políticos en la diplomacia mexicana.

En 1990, cuando me desempeñaba como agregado de prensa en la embajada de México en Estados Unidos, fui enviado temporalmente a Tokio para preparar la visita del presidente Salinas, quien tenía un interés especial en la relación con Japón, que se realizaría en junio.


El embajador en Japón era Mario Moya Palencia, un político experimentado que ya había sido representante de México ante las Naciones Unidas.


Moya Palencia me comentó cómo se había enterado de que la esposa del Primer Ministro Kaifu era una admiradora de la compositora Consuelito Velázquez y cómo, durante un viaje de Velázquez a Japón, organizó una cena en la residencia de la embajada a la que invitó al Primer Ministro y a su esposa. La cena fue un éxito y culminó con un recital de Velázquez interpretando una de las canciones más populares de México en Japón, y en el mundo, Bésame Mucho.


Moya Palencia usaba la anécdota para ilustrar no solo su sagacidad y olfato político sino la libertad que le daba no ser un diplomático de carrera. “Imagínese si para organizar esta cena con el Primer Ministro hubiera tenido que enviar un notice a Relaciones Exteriores pidiendo instrucciones, ¡Velázquez regresa a México antes de que me respondan! Un diplomático de carrera no se lanza a hacer lo que hice”.


La anécdota sirve para reflexionar sobre tres aspectos del papel de las designaciones de políticos en la diplomacia mexicana:


1-. Hay buenos y malos diplomáticos políticos y de carrera. Sin duda, la carrera diplomática requiere de estudio y conocimiento que se adquiere con el contacto y ejercicio de la labor en la Cancillería y representaciones de México en el extranjero, pero hay muchas posiciones y tareas que se benefician de la experiencia de funcionarios con experiencia política o profesional que carecen de una carrera diplomática. Muchos funcionarios, embajadores y cónsules no de carrera desempeñan una labor tan destacada que han sido confirmados y promovidos a nuevos destinos por presidentes del PRI, PAN y Morena. Y hay diplomáticos de carrera que han cometido pecados similares a los que se achacan a malos diplomáticos políticos.


2.- Los diplomáticos políticos pueden mover al elefante: en muchos casos los embajadores políticos son más efectivos para mover el elefante de la burocracia diplomática y gubernamental que los de carrera, en especial aquellos que son muy cercanos al presidente y que son enviados a una representación con tareas especiales. Esta cercanía a Los Pinos o Palacio Nacional con frecuencia ha generado fricciones con la Cancillería porque existe para el político la tentación de “saltársela”, pero son estas conexiones las que les permiten negociar recursos, coordinar esfuerzos de dependencias y recurrir incluso a contactos en el sector privado para promover sus proyectos en la representación a su cargo.


3.- El político toma riesgos. El político está muy familiarizado con los riesgos de decisiones atrevidas. En situaciones muy especiales, cuando es crítico tener acceso rápido al presidente y hacer un análisis certero de las implicaciones y consecuencias de las acciones del país, un diplomático político es un gran activo porque lo mismo tiene que persuadir a audiencias en México que en donde lo representa. Esa es la gran misión que cumplió Gustavo Petricioli en Washington para la negociación del primer tratado comercial de América del Norte.


Los mejores diplomáticos de carrera añaden a sus grandes conocimientos y experiencia se distinguen por contar con estos atributos de un político en tareas diplomáticas. Por ejemplo, la reacción de la Embajadora Teresa Mercado para gestionar la salida de Evo Morales de Bolivia y a dar asilo a funcionarios de su gobierno en su residencia y actuar con firmeza para proteger su vida, fue valiente y arriesgada.

La designación de embajadores y cónsules, o diplomáticos de cualquier nivel, que no son del servicio exterior, siempre genera discusión en el servicio de carrera. Una posición para un designado político es una menos para quien ha hecho de la diplomacia su profesión. Pero el servicio de carrera nunca ha criticado la designación de buenos funcionarios en posiciones diplomáticas porque valoran sus enseñanzas y aportaciones. El descontento aflora cuando los candidatos carecen de conocimientos y calidad moral o porque las designaciones tienen la intención de alejar de México a figuras impresentables o recompensar lealtades con una misión en la que se distinguirán por la inacción y la frivolidad.


Aunque el presidente López Obrador insiste en que su gobierno no es igual a los anteriores, en el caso del servicio exterior, no ha sido muy distinto. Es más, considerando el desaseo en la forma en que se pide el beneplácito a otros países y se informa sobre los candidatos al Senado, que solía hacerse con respeto, sigilo y prudencia diplomática, este gobierno ha resultado peor.


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